miércoles, 11 de septiembre de 2019

Queja Homicida.

Queja Homicida.

Deberías tan sólo morirte
para yo saber que no existís,
y que no hay nadie
a quien tu boca toque,
que no habrá ya nadie
que hunda los dedos
en tus piernas morenas,
ni en tus senos
como dos
rosas abiertas.

Deberías morirte para saber
que tu corazón no pertenece
más que a la tierra
y a los gusanos;
morirte para saber que mi angustia
no tiene objeto alguno,
pues no sos ya de nadie:
ni Dios parece tocarte
pues vos siempre estuviste
por encima de Dios.

Deberías morirte para yo saber
que ya vivo muerto también,
que no hay amaneceres,
que el sol brilla
en retroceso,
que la vida sucede
hacia atrás,
y que tan sólo me queda rememorar
cada paso,
cada caricia,
tuya
como un vicio sin libertad,
como una duda sin pregunta,
como unos ojos que entrecierro
y siento que te dibujan
en la sombra.

martes, 23 de julio de 2019

Regreso.

Regreso.

¿Qué puedo hablar de un retorno
si nunca he cambiado de camino? 
Si mis manos aún son las mismas
desde que aquél día, entristecido,
llené de lágrimas aquéllas hojas
creyendo así cerrar el libro.
¿Qué puedo hablar de un regreso
si mi corazón nunca se ha ido?
Si aún te nombro en las sombras,
y si aún mis labios pálidos y fríos
añoran el candor de tu alma,
y el abrigo de tu seno tibio.
¿Qué puedo hablar de una partida
si mis raíces siguen en suelo limpio?
Si mis ramas aún buscan 
en el aire de aquél vacío
una forma que se asemeje
a la que amó, y ha perdido.
No vuelve quien no se fue nunca,
no vuelve quien no se ha ido,
como no deja mi corazón
de ser tuyo, ¡y tuyo el mío!

domingo, 3 de febrero de 2019

Ash.

Ash.

¿Con qué nombre he de llamar al dolor
si su rostro me es indiferente? 
Yo conozco las miradas de la angustia:
me sé de memoria sus formas y su ardor,
y no cambia que en mí se presente
como una sombra remota,
como un color perdido,
o cual brisa que toca,
invisible,
mi espalda mientras camino.

Yo conozco bien mi dolor, y sé su nombre; 
aquél pasado que fue mío se me antoja
como una sombra inequívoca:
adivino sus contornos sin mirarlos,
toco sus esquinas aún en la noche
y cuando mi presente parece dibujar
con un dedo de esperanza y júbilo
sobre mi rostro ungido de lágrimas,
la voz susurrante del pasado vuelve
y toca mi oído con su oscuro velo
diciendo: "¡Recuerda tu ausencia!".

Y entonces mis ojos, enrojecidos,
se pasean por las galerías de mi alma
y ven cada instante pasado:
cada roce de labios,
cada memoria de ojos entrecerrados,
cada mano entrelazada,
y cada pétalo de aquélla rosa
que se desfloró lentamente
sin pensar que su fin llegaba, 
inerme;
ve todo lo querido,
lo soñado,
las horas,
los besos,
el fuego,
las cenizas,
y piensa, casi sin quererlo:
"¡Qué frágiles los corazones!
¡Qué indefenso fue el amor!"

Cenere.

Cenere.

Ésta boca parece no perder la forma de su nombre: 
lo pronuncia, lenta y segura, 
con cada letra cargada de aromas; 
decir su nombre es evocar el milagro,
renacer el fuego, 
agitar el ascua que se creía apagada,
tocar una sombra en la lejanía
y mirar de nuevo su rostro 
querido por tantos años. 

Decir su nombre es evocar el milagro: 
la esperanza se bate, indecisa, en la sangre; 
el corazón alza sus ojos al cielo 
y se siente perdido sin ningún Norte, 
sin ningún Sur, 
sin ningún horizonte; 
la estrella en el cielo, 
que aún brilla incandescente,
se antoja odiosa: 
su luz se opaca, 
su círculo parece imperfecto, 
su luz se hace corta, 
su tibieza insensible.

Decir su nombre es evocar el milagro, 
y rehacer del recuerdo una cadena, 
una cruz, 
una corona. 
¿Ya para qué tener boca? 
¿Ya para qué tener ojos? 
¿Ya para qué tener piel, 
sangre, 
vida, 
o tiempo? 

¿Qué puede quedar ya de mí sino las ruinas, 
el doliente escombro, 
la difuminada sombra, 
los huesos cansados, 
el hombre roto contemplando
su felicidad acabada?

lunes, 17 de diciembre de 2018

Final.

Soneto Final.

En el fondo del mar yace, enterrado,
el amor que hoy dejo y que tanto sufrí;
las tiernas horas a su lado viví
con el mismo fervor las he llorado.

Todo aquél amor ha sido quemado:
adiós a la caricia y al frenesí
que me causó el cuerpo en que tendí
toda mi pasión cual loco extraviado.

Digo adiós a tus sombras, amor mío,
y con ésto doy, al fin, la despedida;
atardece: que el cielo palidezca.

Mas no por ello me quedo vacío:
aunque todo fue tuyo en ésta vida
ahora será de quien lo merezca.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Don del llanto.

Don del llanto.

¡Qué rápido pasó que mi destino
se convirtiera en éste llanto!
Entre densas tinieblas camino
en el negro desencanto.
Aquélla tierna esperanza dice
que todo mi bien dejó de ser,
y, aunque para salvarle nada hice,
en él no dejo de creer.
Si el agua entre mis dedos huye
de ésta boca seca que la busca,
¿cómo no es el amor quien me destruye
si mi cielo y mi razón ofusca?
Si la pérdida es algo inescapable
y el sueño es una quimera,
yo seguiré viviendo, inconsolable,
sin saber mi corazón qué espera.
Si debo vivir triste y sin destino,
¿qué puedo creer de lo que ofrece
el mundo si parece un desatino
y una enfermedad lo que padece?
Me nutriré de la tristeza
y viviré del desencanto,
y buscaré mi fortaleza
en lo más hondo del llanto.

Reflexión.

Reflexión.

¿A dónde va todo cuanto dejas?
¿Dónde guardas todo lo que ocultas?
¿En qué lugar las esperanzas viejas
tras tanto amor olvidas y sepultas?
No puedo dar respuestas al corazón,
no puedo alivianar sus dudas;
aquél que ama no tiene razón,
ni consuelos, ni calmas, ni ayudas.
En ése fuego trémulo que camina
tu alma con sus pasos indecisos
no encontrará la flor que germina
en los jardines: hallará narcisos.
Y ya si aquél pétalo de su embrujo,
su hechizo egoísta y traicionero,
trocará el orden al que me redujo,
y algo nuevo será lo primero.
Y tras buscar los sueños de antaño
a los que dio su mirada dura
los sabrá ausentes, y tras el daño
le acompañará hasta la sepultura.