domingo, 3 de febrero de 2019

Cenere.

Cenere.

Ésta boca parece no perder la forma de su nombre: 
lo pronuncia, lenta y segura, 
con cada letra cargada de aromas; 
decir su nombre es evocar el milagro,
renacer el fuego, 
agitar el ascua que se creía apagada,
tocar una sombra en la lejanía
y mirar de nuevo su rostro 
querido por tantos años. 

Decir su nombre es evocar el milagro: 
la esperanza se bate, indecisa, en la sangre; 
el corazón alza sus ojos al cielo 
y se siente perdido sin ningún Norte, 
sin ningún Sur, 
sin ningún horizonte; 
la estrella en el cielo, 
que aún brilla incandescente,
se antoja odiosa: 
su luz se opaca, 
su círculo parece imperfecto, 
su luz se hace corta, 
su tibieza insensible.

Decir su nombre es evocar el milagro, 
y rehacer del recuerdo una cadena, 
una cruz, 
una corona. 
¿Ya para qué tener boca? 
¿Ya para qué tener ojos? 
¿Ya para qué tener piel, 
sangre, 
vida, 
o tiempo? 

¿Qué puede quedar ya de mí sino las ruinas, 
el doliente escombro, 
la difuminada sombra, 
los huesos cansados, 
el hombre roto contemplando
su felicidad acabada?

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