Cenere.
Ésta boca parece no perder la forma de su nombre:
lo pronuncia, lenta y segura,
con cada letra cargada de aromas;
decir su nombre es evocar el milagro,
renacer el fuego,
agitar el ascua que se creía apagada,
tocar una sombra en la lejanía
y mirar de nuevo su rostro
querido por tantos años.
Decir su nombre es evocar el milagro:
la esperanza se bate, indecisa, en la sangre;
el corazón alza sus ojos al cielo
y se siente perdido sin ningún Norte,
sin ningún Sur,
sin ningún horizonte;
la estrella en el cielo,
que aún brilla incandescente,
se antoja odiosa:
su luz se opaca,
su círculo parece imperfecto,
su luz se hace corta,
su tibieza insensible.
Decir su nombre es evocar el milagro,
y rehacer del recuerdo una cadena,
una cruz,
una corona.
¿Ya para qué tener boca?
¿Ya para qué tener ojos?
¿Ya para qué tener piel,
sangre,
vida,
o tiempo?
¿Qué puede quedar ya de mí sino las ruinas,
el doliente escombro,
la difuminada sombra,
los huesos cansados,
el hombre roto contemplando
su felicidad acabada?
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