domingo, 3 de febrero de 2019

Ash.

Ash.

¿Con qué nombre he de llamar al dolor
si su rostro me es indiferente? 
Yo conozco las miradas de la angustia:
me sé de memoria sus formas y su ardor,
y no cambia que en mí se presente
como una sombra remota,
como un color perdido,
o cual brisa que toca,
invisible,
mi espalda mientras camino.

Yo conozco bien mi dolor, y sé su nombre; 
aquél pasado que fue mío se me antoja
como una sombra inequívoca:
adivino sus contornos sin mirarlos,
toco sus esquinas aún en la noche
y cuando mi presente parece dibujar
con un dedo de esperanza y júbilo
sobre mi rostro ungido de lágrimas,
la voz susurrante del pasado vuelve
y toca mi oído con su oscuro velo
diciendo: "¡Recuerda tu ausencia!".

Y entonces mis ojos, enrojecidos,
se pasean por las galerías de mi alma
y ven cada instante pasado:
cada roce de labios,
cada memoria de ojos entrecerrados,
cada mano entrelazada,
y cada pétalo de aquélla rosa
que se desfloró lentamente
sin pensar que su fin llegaba, 
inerme;
ve todo lo querido,
lo soñado,
las horas,
los besos,
el fuego,
las cenizas,
y piensa, casi sin quererlo:
"¡Qué frágiles los corazones!
¡Qué indefenso fue el amor!"

Cenere.

Cenere.

Ésta boca parece no perder la forma de su nombre: 
lo pronuncia, lenta y segura, 
con cada letra cargada de aromas; 
decir su nombre es evocar el milagro,
renacer el fuego, 
agitar el ascua que se creía apagada,
tocar una sombra en la lejanía
y mirar de nuevo su rostro 
querido por tantos años. 

Decir su nombre es evocar el milagro: 
la esperanza se bate, indecisa, en la sangre; 
el corazón alza sus ojos al cielo 
y se siente perdido sin ningún Norte, 
sin ningún Sur, 
sin ningún horizonte; 
la estrella en el cielo, 
que aún brilla incandescente,
se antoja odiosa: 
su luz se opaca, 
su círculo parece imperfecto, 
su luz se hace corta, 
su tibieza insensible.

Decir su nombre es evocar el milagro, 
y rehacer del recuerdo una cadena, 
una cruz, 
una corona. 
¿Ya para qué tener boca? 
¿Ya para qué tener ojos? 
¿Ya para qué tener piel, 
sangre, 
vida, 
o tiempo? 

¿Qué puede quedar ya de mí sino las ruinas, 
el doliente escombro, 
la difuminada sombra, 
los huesos cansados, 
el hombre roto contemplando
su felicidad acabada?