Ash.
¿Con qué nombre he de llamar al dolor
si su rostro me es indiferente?
Yo conozco las miradas de la angustia:
me sé de memoria sus formas y su ardor,
y no cambia que en mí se presente
como una sombra remota,
como un color perdido,
o cual brisa que toca,
invisible,
mi espalda mientras camino.
Yo conozco bien mi dolor, y sé su nombre;
aquél pasado que fue mío se me antoja
como una sombra inequívoca:
adivino sus contornos sin mirarlos,
toco sus esquinas aún en la noche
y cuando mi presente parece dibujar
con un dedo de esperanza y júbilo
sobre mi rostro ungido de lágrimas,
la voz susurrante del pasado vuelve
y toca mi oído con su oscuro velo
diciendo: "¡Recuerda tu ausencia!".
Y entonces mis ojos, enrojecidos,
se pasean por las galerías de mi alma
y ven cada instante pasado:
cada roce de labios,
cada memoria de ojos entrecerrados,
cada mano entrelazada,
y cada pétalo de aquélla rosa
que se desfloró lentamente
sin pensar que su fin llegaba,
inerme;
ve todo lo querido,
lo soñado,
las horas,
los besos,
el fuego,
las cenizas,
y piensa, casi sin quererlo:
"¡Qué frágiles los corazones!
¡Qué indefenso fue el amor!"